Las raíces del anhidrido ftálico se hunden en los primeros días de la industria química moderna. En el siglo XIX, un grupo de químicos alemanes jugaba con benceno y otros hidrocarburos aromáticos, dando con un método para oxidar naftaleno que, para sorpresa de muchos, desembocó en este compuesto versátil. Desde entonces, el anhidrido ftálico se transformó en un protagonista de la industria de colorantes y plastificantes. Mientras Europa y Estados Unidos ampliaban sus fábricas químicas después de la Segunda Guerra Mundial, este anhidrido saltó a procesos industriales de grandes volúmenes. Los fabricantes empezaron a apreciarlo, no solo por reacción directa sino también por la simplicidad de su manipulación y sus derivaciones para otras sustancias de alto valor.
Conocido también como 1,3-isobenzofurandiona, el anhidrido ftálico aparece como un sólido blanco o incoloro, de olor penetrante e inconfundible. Se derrite cerca de los 131°C y sublima con facilidad, liberando vapores que irritan la garganta. Se disuelve bien en acetona, benceno y aceites esenciales, lo que no sorprende por su estructura aromática. Una de sus grandes fortalezas reside en la cadena de aplicaciones: desde resinas alquídicas y plásticos, hasta pigmentos y medicamentos. La pureza, el tamaño de partícula y el método de envasado dependen en gran parte del uso industrial destinado, aunque muchos terminan apuntando hacia producción de plasticizantes, esos materiales omnipresentes en el PVC que dan flexibilidad a cables y mangueras.
En laboratorio, nunca falta un bote de anhidrido ftálico, ya que su punto de fusión definido, su capacidad de reaccionar con alcoholes y aminas, y su estabilidad lo convierten en un compuesto esencial para síntesis. Con fórmula química C8H4O3, se presenta en cristales que se acomplejan fácilmente con agua y reaccionan con bases liberando ftalatos. No explota, pero sí libera gases irritantes cuando se calienta excesivamente, y por ser un anhídrido, busca humedad para volver a su versión ácida original. Esta tendencia lo hace útil en fabricación de polímeros porque incorpora rápidamente a la estructura plástica, dejando poco residuo y cicatrices muy marcadas en los enlaces de los compuestos finales.
Cada tonelada de anhidrido ftálico que sale de una planta debe cumplir estándares internacionales de pureza, generalmente mayores al 99.5%, con niveles de acidez bajos y contenido de impurezas aromáticas controlado. Las etiquetas advierten sobre su naturaleza irritante, las recomendaciones de almacenamiento seco y las instrucciones en caso de derrame. Materiales como acero inoxidable y vidrio forman parte de los envases y sistemas de transferencia porque no reaccionan con este compuesto. Las normas OSHA y REACH piden hojas de datos de seguridad detalladas, incluso para quienes solo manejan pequeños bultos en laboratorios o plantas experimentales, subrayando riesgos toxicológicos y pautas para primeros auxilios.
En la industria moderna, el anhidrido ftálico suele prepararse oxidando o-xileno con aire en presencia de catalizadores de vanadio y óxidos metálicos. Algunos procesos aún utilizan naftaleno como materia prima, aunque los avances en eficiencia y economía de reactivos llevaron a decantarse por los derivados de petróleo gracias a su mayor disponibilidad. Las reacciones se conducen a temperaturas entre 350 y 400 ºC, controlando presión y caudal para asegurar la conversión casi total. Los gases se enfrían y el anhidrido se condensa, pasando de vapor a sólido. Purificarlo requiere destilación en estado fundido o cristalización sujeta a condiciones ambientales controladas.
Como químico de síntesis, resulta fascinante la facilidad con la que el anhidrido ftálico reacciona. Una simple adición de agua genera ácido ftálico; con aminas se forman imidas y con alcoholes, ésteres ftalatos. Su estructura cíclica le da rigidez y precisión en reacciones de apertura, algo que no se ve en muchos anhídridos. La flexibilidad de transformación ha permitido a la industria diseñar rutas para pigmentos, medicamentos y plastificantes, como el famoso DBP o DOP, que se emplean masivamente en la fabricación de materiales flexibles y resistentes. El anillo aromático permite reacciones posteriores que amplían aún más el rango de usos posibles, desde surfactantes hasta adhesivos de alto desempeño.
El anhidrido ftálico se comercializa bajo diversos nombres, entre ellos: Phthalic Anhydride, 1,3-Isobenzofurandione y Ácido Ácido-anhídrido ftálico. En catálogos internacionales, la designación CAS 85-44-9 asegura identificar sin ambigüedades este compuesto en todas las regiones. Existen nombres comerciales que varían por fabricante, aunque el estándar internacional prevalece en la nomenclatura científica y en la industria para evitar errores logísticos.
La manipulación del anhidrido ftálico implica riesgos conocidos por cualquier trabajador de planta o técnico de laboratorio. Genera reacciones alérgicas en piel y ojos, y los vapores afectan las vías respiratorias. El uso de protección personal como guantes, gafas y mascarillas es obligatorio en operaciones de carga, movimientos de bultos y limpieza de derrames. Las instalaciones requieren ventilación y sistemas de extracción localizada. Ante el derrame, se recomienda recoger el sólido con equipos resistentes a productos corrosivos. Las regulaciones OSHA y la Agencia Europea de Sustancias Químicas insisten en monitoreo ambiental y capacitación periódica de los operarios, para reducir a cero los incidentes de intoxicación crónica o accidentes.
No hay sector industrial en el que el anhidrido ftálico pase desapercibido. En la producción de resinas alquídicas empleadas en pinturas y barnices, entrega la flexibilidad y resistencia deseada. Los fabricantes de plásticos lo buscan para formulaciones de PVC destinadas a cables, tapizados y juguetes. El mundo de los pigmentos utiliza sus derivados para colores intensos y estables, incluso bajo la luz y el paso del tiempo. Laboratorios farmacéuticos han explorado rutas sintéticas que comienzan con este anhidrido para llegar a activos contra infecciones y agentes antiinflamatorios. Hasta el ámbito agrícola se ha beneficiado con la formulación de pesticidas y herbicidas. Por su reactividad y facilidad de manipulación, se sigue manteniendo vigente en pruebas académicas y proyectos de innovación.
La investigación sobre el anhidrido ftálico no se detiene. La presión internacional por materiales más verdes y procesos de menor impacto ambiental empuja a las empresas químicas a revisar catalizadores y rutas sintéticas. Científicos exploran métodos biotecnológicos, utilizando microorganismos o biocatalizadores en vez de sistemas tradicionales a alta temperatura. La creación de plastificantes alternativos, menos tóxicos y biodegradables, se conecta directamente con el futuro del anhidrido ftálico, que podría ceder parte de su protagonismo en ciertas aplicaciones, o bien reinventarse como precursor en la síntesis de polímeros sustentables. No faltan quienes apuestan por la modificación estructural del compuesto base para maximizar rendimiento y reducir subproductos, alentando patentes y colaboraciones entre universidades e industria.
Diversos estudios ya encontraron que el anhidrido ftálico tiene un perfil toxicológico a considerar. Inhalar grandes cantidades provoca irritación aguda o crónica de nariz, garganta y pulmones. El contacto repetido con la piel puede derivar en dermatitis y sensibilización. Se han detectado efectos negativos sobre el sistema reproductor en experimentos con animales, lo que llevó a revisar su uso en aplicaciones vinculadas a juguetes infantiles y productos de consumo masivo. Vigilar los límites de exposición ocupacional y reducir emisiones ambientales constituyen tareas diarias en la mayoría de plantas químicas modernas. Instituciones como la OMS y los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades monitorean las investigaciones y actualizan recomendaciones en función de nuevos hallazgos científicos.
El mercado del anhidrido ftálico enfrenta un reto mayúsculo: mantener su relevancia industrial cuidando la salud y el medio ambiente. Las tendencias apuntan al desarrollo de catalizadores menos nocivos y rutas sintéticas más ecológicas. La demanda de materiales reciclables y el endurecimiento de regulaciones parecen orillar a los fabricantes hacia investigaciones disruptivas que permitan fabricar productos seguros y rentables. El papel del anhidrido ftálico podría evolucionar, funcionando como puente entre la vieja escuela de la química pesada y una nueva generación de materiales funcionales, donde el equilibrio entre utilidad y seguridad pesará más que nunca.
El anhídrido ftálico se mete en la vida cotidiana más de lo que la mayoría imagina. Parece un químico escondido, lejano al día a día, pero le da color a la ropa, flexibilidad a cables, y forma a los envases que uso al preparar la comida. Su presencia en plásticos, colorantes, barnices y productos de limpieza no se nota a simple vista, pero su impacto está ahí. A mí me tocó conocer su nombre la primera vez que leí el reverso de una lata de pintura. Pregunté qué era, y me sorprendió la cantidad de cosas hechas con ese compuesto.
Fuera del mundo industrial, el anhídrido ftálico se cuela en medicinas y cosméticos. Sus derivados ayudan a fabricar medicamentos de liberación controlada y estabilizan perfumes para que duren más sin descomponerse. Nada de esto se ve en la etiqueta, pero resulta clave en el resultado final. Hablar con químicos de la industria farmacéutica me abrió los ojos sobre la importancia de elegir bien los ingredientes. Ellos insisten en revisar la trazabilidad y pureza de todo material que llega al laboratorio.
Muchas personas asocian el anhídrido ftálico con los plásticos blandos - esa cubierta aislante del cable de la licuadora o el forro flexible de una carpeta escolar. Gracias a él, los plásticos ganan resistencia y adaptabilidad. Grandes empresas de PVC dependen de sus propiedades para conseguir materiales moldeables, capaces de soportar calor u otras exigencias mecánicas. Lo he visto en fábricas, donde los técnicos analizan la textura con las manos y buscan justo ese equilibrio entre dureza y flexibilidad.
Muchos pigmentos de colores vivos utilizan derivados de este anhídrido. Los autobuses urbanos, las paredes del cuarto, los juguetes brillan así por compuestos que mantienen el color estable. Y no solo es cuestión de estética. Pinturas de buena calidad prolongan la vida de paredes y muebles, algo que se nota con el tiempo, sobre todo en ambientes húmedos o bajo el sol fuerte. Un ingeniero me contó que el secreto del recubrimiento anticorrosivo que protege los puentes también está en la química del pigmento, no solo en la capa gruesa que aplican.
Durante mi etapa en el laboratorio de una empresa de plásticos, entendí que los riesgos del anhídrido ftálico son reales. El polvo que libera puede ser irritante y hay debate sobre los efectos de ciertos ftalatos presentes en productos de uso diario. La evidencia señala la necesidad de manejos seguros y de buscar alternativas menos dañinas para las personas y el ambiente. Guantes, mascarillas, buena ventilación: nada de eso resulta opcional en su manipulación. Los fabricantes también han comenzado a probar plastificantes biobasados y aditivos no tóxicos, buscando reducir la huella ambiental. Me queda claro que, aunque la transición lleva tiempo, los esfuerzos existen y urgen en los sectores más expuestos.
A veces se piensa que los riesgos químicos solo viven en grandes fábricas o laboratorios altamente equipados. El anhídrido ftálico es una sustancia que se usa en la producción de plásticos, resinas, pinturas y, en menor medida, en algunos laboratorios escolares. Su apariencia blanca y polvorienta puede parecer inofensiva. El peligro empieza al manipularlo sin el equipo adecuado o saltándose pasos clave de prevención.
El anhídrido ftálico irrita, y no solo en teoría. Basta una pequeña exposición para que la piel pique o se enrojezca. Si ese polvo toca los ojos, la molestia no desaparece con solo una lavada. La inhalación resulta peor: la garganta arde, la nariz comienza a gotear y, si hay asma, la cosa empeora. Experiencias previas han dejado en claro que, aun en ambientes ventilados, bajar la guardia trae consecuencias inmediatas.
Antes de abrir un saco de anhídrido ftálico, uno necesita ponerse guantes de nitrilo, gafas de seguridad que queden ajustadas y una mascarilla respiratoria con filtro para partículas. Recuerdo la primera vez que lo usé sin cubreboca: el picor nasal duró horas y el malestar fue suficiente para convencer a cualquiera. Por algo los fabricantes recomiendan mantenerlo lejos de la piel, ojos y vías respiratorias.
Trabajar con anhídrido ftálico en un espacio cerrado agrava el riesgo de inhalación. La ventilación forzada con extracción directa al exterior es lo más seguro. Un simple ventilador no basta. La acumulación invisible de polvos en el aire afecta hasta después de terminar el turno. Por experiencia, los extractores bien mantenidos y la revisión rutinaria de filtros nunca sobran.
Los residuos no desaparecen con un trapo húmedo. Aspirar el polvo con aspiradoras industriales equipadas con filtros HEPA y limpiar el espacio al terminar evita exposiciones posteriores. Guardar el producto en recipientes herméticos, bien etiquetados y en lugares secos aleja riesgos innecesarios. El descuido en el almacenamiento provoca accidentes inesperados, a menudo por olvido o exceso de confianza.
Conocer el protocolo de emergencia cambia el desenlace de un accidente. Lavar los ojos con abundante agua tras una salpicadura, cambiarse de ropa si cae polvo y buscar atención médica ante dificultad respiratoria forman parte de la rutina básica. Tener a la mano teléfonos de emergencias, duchas de seguridad y estaciones lavaojos brinda tranquilidad en momentos críticos.
La capacitación periódica no es pérdida de tiempo. Muchos accidentes surgen de la familiaridad y la prisa. Reforzar los procedimientos, practicar simulacros y leer siempre las hojas de datos de seguridad ayuda a recordar por qué seguimos estas pautas. Las estadísticas de la industria muestran que los sitios con entrenamientos regulares reportan menos incidentes graves relacionados con sustancias peligrosas.
El anhídrido ftálico, usado correctamente, permite avanzar en la industria de los polímeros y productos químicos. El problema comienza al confiarse y relajar las medidas básicas de protección. En cada sesión, preparar el ambiente, proteger el cuerpo y limpiar después marca la diferencia. La seguridad, al final, está en los detalles cotidianos.
En cualquier laboratorio de química, la pregunta sobre la fórmula del anhídrido ftálico sale en los primeros semestres. Se ve sencilla, pero lleva detrás un mundo de usos y riesgos. El anhídrido ftálico tiene la fórmula C8H4O3, y muchos lo conocen también por ese olor fuerte e inconfundible que deja al abrir un envase. La vida real lo pone en mi camino cada vez que reviso libros de polímeros o estudio etiquetas de tintes industriales. No es algo que se queda en laboratorios ni en pizarras; se mete en envases, cables, plásticos y hasta en colorantes que terminan en la ropa.
El anhídrido ftálico se fabrica en escala gigante. Si hay botellas de PET, en algún momento se necesitó la molécula de este anillo aromático unido por dos grupos anhídrido. La línea de producción no se detiene, y la demanda tampoco. He visto de cerca cómo la industria de plásticos depende de compuestos como el anhídrido ftálico para modificar dureza, flexibilidad o resistencia química. Si se corta su suministro, las cadenas industriales tienden a parar tan rápido como un auto que se queda sin gasolina.
Este anhídrido tampoco es inofensivo. En una de mis primeras prácticas químicas, el profesor contaba historias de colegas con ojos irritados y piel lastimada por accidente. La exposición continua, sin controles, puede afectar mucosas y el sistema respiratorio. La Agencia de Protección Ambiental (EPA) lo tiene en la mira; no todo químico termina en lista negra, solo los que han mostrado efectos bien documentados. Manejarlo bien, con guantes y cabinas de ventilación, deja de ser consejo y pasa a necesidad. No falta quien subestime un compuesto por estar acostumbrado, pero el impacto en la salud salta con datos y estadísticas, no solo con anécdotas.
La industria del colorante siente especial cariño por el anhídrido ftálico. La razón es clara: los pigmentos ftalocianinas son famosos por su color intenso y fijación en textiles y pinturas. He visto esos tonos en murales, fachadas y camisetas; el nexo con el laboratorio se percibe en cada rincón del día a día. Los polímeros vinílicos en pisos y aislantes eléctricos también lo deben al anhídrido ftálico. Nadie lo nota, pero sus propiedades transforman sectores enteros.
Mientras crecen las advertencias por su efecto ambiental y sanitario, surgen propuestas para buscar alternativas más seguras. Innovadores en biopolímeros exploran moléculas vegetales o de síntesis renovable. Las universidades publican reportes sobre nuevas vías químicas menos contaminantes. No es tan simple como reemplazar una pieza; la industria encadena muchas necesidades en torno a un solo insumo.
La fórmula C8H4O3 no construye solo moléculas; impulsa debates sobre producción segura, reciclaje o salud pública. No basta con aprender a escribirla de memoria. Cada usuario, desde estudiantes hasta ingenieros, decide si su manejo será responsable. Crear productos útiles y cuidar el entorno se convierte en una lección que trasciende la química, y obliga a repensar el impacto de todo lo que usamos, sea visible o no.
El anhídrido ftálico juega un papel silencioso en muchas industrias. Se encuentra en la producción de plásticos, resinas, tintes y varios productos de consumo. Basta repasar la etiqueta de materiales de uso cotidiano para ver cuán incrustado está en la vida diaria, desde cables hasta juguetes y barnices. El problema empieza cuando su uso se traduce en exposiciones que muchos ni siquiera imaginan.
En la fábrica se nota rápido el intenso olor que emite el anhídrido ftálico. Aquellos que han trabajado cerca de la línea de resinas lo sienten de inmediato en la nariz y garganta. Un contacto breve puede irritar ojos, piel y pulmones. Los reportes de trabajadores con asma ocupacional, eccemas y dolores de cabeza coinciden con mi propia experiencia en ambientes industriales con poca ventilación. El polvo o los vapores no distinguen horario. Basta un descuido en el uso de equipo de seguridad para terminar con ardor y tos persistente al final de la jornada.
La Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer clasifica al anhídrido ftálico como posible carcinógeno en humanos. En animales se han documentado daños en hígado, riñón y vías respiratorias tras exposición prolongada a niveles altos. De las conversaciones con ingenieros químicos y médicos laboristas, aprendí que muchos síntomas pasan desapercibidos hasta que el daño ya está hecho. Algunos ligan el contacto crónico con alteraciones en el sistema inmunológico y problemas reproductivos, aunque los estudios en humanos van lentos. Los riesgos aumentan en quienes ya enfrentan otras cargas tóxicas.
En México y otros países de América Latina faltan registros claros de exposición y vigilancia estricta. Muchas pequeñas empresas no cuentan con el equipo necesario para minimizar la inhalación o el contacto con la piel. Las normas existen, pero aplicarlas depende de la voluntad de patrones y autoridades. Cuando trabajé en una planta privada, vi que los monitoreos de aire se realizaban solo durante las inspecciones oficiales. El resto del año, nadie preguntaba. Esto alimenta la desigualdad: los trabajadores más vulnerables siguen expuestos sin voz ni herramientas para reclamar.
El cambio más efectivo ha venido cuando los sindicatos y los propios trabajadores demandan medidas básicas: mascarillas certificadas, ventilación, ropa adecuada y pausas para lavado de manos. La información clara y continua marca la diferencia. Apoyar investigaciones independientes ayudaría a entender los efectos del contacto diario en casa y trabajo. Las autoridades deben publicar datos accesibles sobre incidentes, impulsar campañas de información y vigilar el cumplimiento de normas ambientales. La salud, al final, no negocia con la prisa de la producción ni con intereses cortoplacistas. Contar lo que pasa en la línea de montaje y exigir respuestas mueve más que cualquier manual o protocolo olvidado en un archivero.
El anhídrido ftálico forma parte de la vida industrial actual. Desde la producción de plásticos hasta pigmentos y resinas, este producto químico termina presente en fábricas y almacenes. Aunque la mayoría de las personas lo desconozca, su manipulación diaria exige medidas muy cuidadosas. Tener experiencia con el manejo de sustancias peligrosas demuestra que nunca hay que confiarse ni relajarse con la seguridad.
Los galpones mal ventilados y sin control de temperatura no sirven para guardar anhídrido ftálico. El producto se conserva mejor en espacios frescos, secos y apartados del calor directo. No solo se trata de evitar que el material se degrade. A temperaturas por encima de 38 °C puede generar vapores irritantes y corrosivos. Aquellos que trabajan en ambientes industriales han sentido alguna vez el fuerte olor o la irritación en los ojos por un manejo descuidado. Esto prueba que la ventilación resulta esencial y que la acumulación de polvo tampoco resulta inocente; puede provocar explosiones si se dan chispas o llamas.
La elección del recipiente toma mucha importancia. El acero inoxidable y el vidrio resisten la corrosión, a diferencia de plásticos comunes o aluminio. Contenedores herméticos conservan el anhídrido seco y evitan reacciones con la humedad ambiental, que pueden liberar ácido ftálico junto con vapores peligrosos. No colocar etiquetas claras y duraderas trae consecuencias: he presenciado más de un incidente por confusión en depósitos repletos de bidones sin rotular.
Tras años viendo la rutina diaria en la industria química, aprendí que los productos incompatibles suelen estar demasiado cerca. Nunca se debería guardar anhídrido ftálico junto a oxidantes fuertes, bases o agua. El contacto fortuito desata reacciones violentas, a veces con incendios. Los derrames en zonas mal preparadas duplican el problema; muchas empresas solo toman medidas después de una emergencia, pero esas respuestas tardías se cobran caro en salud y dinero.
Un almacén puede ser perfecto, pero si el personal desconoce los riesgos, nada funciona bien. La capacitación constante ayuda a identificar señales tempranas de fuga y a saber actuar frente a un incendio o derrame. Siempre recomiendo que exista una rutina clara para inspeccionar envases deteriorados, ventilar correctamente y limpiar el polvo acumulado. Faltan marcas visibles de rutas de escape y equipos de protección a mano en demasiados depósitos.
Auditorías sorpresivas y controles internos frecuentes logran mucho más que papeles y carteles en la pared. Los responsables deben involucrarse, revisar condiciones regularmente y escuchar sugerencias de quienes manipulan estas sustancias a diario. Si la cultura de seguridad crece, se minimiza la exposición a gases, se evita la contaminación y todos se benefician, desde el operario hasta el entorno.
| Names | |
| Preferred IUPAC name | 2-benzofuran-1,3-dione |
| Other names |
1,2-Benzenedicarboxylic anhydride Phthalic anhydride PA Phthalic acid anhydride Oxophthalic anhydride |
| Pronunciation | /aniˈðɾiðo ftaˈliko/ |
| Identifiers | |
| CAS Number | 85-44-9 |
| Beilstein Reference | 385802 |
| ChEBI | CHEBI:17618 |
| ChEMBL | CHEMBL1405 |
| ChemSpider | 5435 |
| DrugBank | DB01744 |
| ECHA InfoCard | 03ad4c6b-6c8d-4023-aba9-e6f7c5262f6d |
| EC Number | 201-607-5 |
| Gmelin Reference | 778 |
| KEGG | C00822 |
| MeSH | D010694 |
| PubChem CID | 998 |
| RTECS number | TXFS9450000 |
| UNII | 24C3K5QZ1T |
| UN number | UN2215 |
| Properties | |
| Chemical formula | C8H4O3 |
| Molar mass | 166.13 g/mol |
| Appearance | White solid in flaky or granular form |
| Odor | Penetrating |
| Density | 1.53 g/cm³ |
| Solubility in water | 2 g/L (20 °C) |
| log P | 2.49 |
| Vapor pressure | 1 mm Hg (20°C) |
| Acidity (pKa) | 2.89 |
| Basicity (pKb) | 3.56 |
| Magnetic susceptibility (χ) | Diamagnetic (-48.0 × 10⁻⁶ cgs) |
| Refractive index (nD) | 1.6850 |
| Viscosity | 9.6 - 14.4 cP |
| Dipole moment | 2.95 D |
| Thermochemistry | |
| Std molar entropy (S⦵298) | 134.2 J/(mol·K) |
| Std enthalpy of formation (ΔfH⦵298) | -602 kJ/mol |
| Std enthalpy of combustion (ΔcH⦵298) | -3157 kJ/mol |
| Pharmacology | |
| ATC code | V04CX10 |
| Hazards | |
| Main hazards | Tóxico si se inhala, causa irritación en ojos, piel y vías respiratorias, puede causar sensibilización, riesgo de efectos adversos crónicos. |
| GHS labelling | GHS02, GHS05, GHS07, GHS08 |
| Pictograms | GHS02,GHS07,GHS08 |
| Signal word | PELIGRO |
| Hazard statements | H351, H302, H332, H319, H335, H334 |
| Precautionary statements | P261, P264, P271, P280, P302+P352, P304+P340, P305+P351+P338, P312, P321, P332+P313, P362+P364 |
| NFPA 704 (fire diamond) | 2-2-1-W |
| Flash point | 130 °C |
| Autoignition temperature | 432 °C |
| Explosive limits | No explosive limits found. |
| Lethal dose or concentration | LD50 (oral, rat): 1530 mg/kg |
| LD50 (median dose) | LD50 oral rata: 1530 mg/kg |
| NIOSH | UN1661 |
| PEL (Permissible) | PEL (Permissible Exposure Limit) of ANHIDRIDO FTALICO: **1 ppm** |
| REL (Recommended) | 75 mg/m³ |
| IDLH (Immediate danger) | 600 ppm |
| Related compounds | |
| Related compounds |
Ftalato de dimetilo Ftalato de dietilo Ftalato de dibutilo Phtalic acid Isophthalic acid Terephthalic acid |