El ácido yodhídrico no aparece de la nada en laboratorios modernos. En el siglo XIX, fabricantes de productos químicos buscaban formas más sencillas de preparar yoduros para usos industriales y médicos. A lo largo del tiempo, la obsesión con el yodo creció a medida que se identificaban sus aplicaciones en fotografía, desinfectantes y síntesis farmacéuticas. El acceso al yodo se disparó tras el descubrimiento de depósitos grandes en Chile. Este contexto permitió que los químicos experimentaran con rutas para obtener el ácido yodhídrico, apostando por la reacción entre yodo elemental y agentes reductores fuertes. Imaginemos a investigadores mezclando yodo con hidrógeno, observando cómo del experimento surge un gas corrosivo —un proceso que aún fascina a cualquiera que aprecie la historia de la química.
El ácido yodhídrico, también conocido como hidruro de yodo o HI, se presenta como una solución acuosa de color transparente pero con un olor penetrante, muy fácil de distinguir en un laboratorio bien ventilado. Es uno de los ácidos halogenados más fuertes, en compañía de sus primos, el ácido clorhídrico y bromhídrico. Destaca por su habilidad para liberar iones yoduro con facilidad, un factor que lo ubica como reactivo central en la química orgánica, síntesis de fármacos y análisis cualitativo. A nivel industrial, su valor radica tanto en su capacidad reductora como en la generación de sales yodadas.
El ácido yodhídrico puro adopta la forma de un gas incoloro, pero en laboratorio o industria casi siempre se maneja como solución concentrada en agua. Tiene una masa molecular aproximada de 128 g/mol y su punto de ebullición ronda los -35°C en estado gaseoso. Al diluirlo, la acidez extrema se manifiesta en un pH cercano a cero en soluciones concentradas. Su poder reductor no tiene comparación entre los halógenos, lo que lo convierte en herramienta frecuente para reducir compuestos orgánicos o inorgánicos. Al exponerse al aire, sufre oxidación y libera vapores de yodo, dejando un color marrón violáceo teñido en el ambiente.
Un envase comercial de ácido yodhídrico señala siempre la concentración, habitualmente entre 47% y 57% en peso. El etiquetado exige símbolos claros de corrosivo y toxico. El fabricante debe especificar la presencia de impurezas metálicas, que alteran la actividad química. Se recomienda almacenar el producto en frascos de vidrio ámbar, lejos de la luz, ya que bajo exposición se descompone, liberando yodo libre. Las fichas de datos de seguridad insisten en el uso de guantes resistentes, protectores oculares y ventilación forzada en la zona de manipulación. Un derrame accidental requiere neutralización inmediata con carbonato sódico y retirada con métodos absorbentes no metálicos.
Preparar ácido yodhídrico exige control cuidadoso de los reactivos y la atmósfera. Una vía común recurre a la reacción directa entre hidrógeno y yodo gaseosos, proceso que demanda temperatura elevada y catalizadores de platino para lograr conversión suficiente. Laboratorios suelen preferir métodos menos peligrosos: reducción de yodo elemental con hidrógeno sulfurado u otros agentes reductores como el fósforo rojo mezclado con yodo en presencia de agua. El peligro presente en la generación de HI reside en la liberación tanto de yoduros como de compuestos volátiles tóxicos si no se controla la estequiometría o la temperatura.
Como reactivo, HI tiende a romper enlaces carbono-oxígeno en la síntesis de alcoholes y éteres, transformando compuestos orgánicos en yoduros útiles para subsecuentes transformaciones. En laboratorios dedicados a síntesis fina, su habilidad para reducir óxidos metálicos encuentra aplicaciones selectivas, sobre todo en la generación de sales yodadas de alta pureza. Por su parte, la generación de yoduro de hidrógeno desde ácidos más débiles empuja a los químicos a explorar mezclas y catalizadores, probando rutas alternativas y tecnologías de membrana o microreactores para mejorar eficiencia sin poner en riesgo la seguridad del operario.
A este compuesto la literatura lo llama ácido yodhídrico, yoduro de hidrógeno o HI en la notación internacional. En entornos industriales aparece rotulado como Hydriodic acid, acuoso yanhidrido. En farmacopeas y estándares de reactivos analíticos internacionales, la designación HI garantiza compatibilidad en el estudio de yoduros en aguas, suelos o productos farmacéuticos. Hay marcas que comercializan soluciones a medida para síntesis específicas, etiquetándolas según pureza o aditivos utilizados para prolongar su estabilidad.
Nadie ignora el peligro asociado al ácido yodhídrico. Tocar la solución concentrada, incluso por cortos periodos, causa quemaduras químicas. Inhalar sus vapores prolongadamente desencadena irritaciones respiratorias severas, espasmos bronquiales y, en casos graves, edema pulmonar. Recomiendo disponer cabinas extractoras y neveras para muestras, además de entrenamiento trimestral para el personal. Conozco operarios que aprendieron a la fuerza los riesgos de manipular HI en laboratorios improvisados: una gota en la piel bastó para recordar la importancia de doble guante y protector facial. El almacenamiento nunca debe acercarse a zonas oxidadas o materiales incompatibles, especialmente metales y aminas.
Por mi experiencia en laboratorios de síntesis fina, puedo decir que el ácido yodhídrico mantiene su relevancia gracias a su poder reductivo en procesos muy controlados, como la obtención de derivados yodados en industria farmacéutica y agroquímica. Las empresas de análisis ambiental usan HI como patrón en la determinación de yoduros en aguas potables y suelos contaminados. Su papel en la síntesis de precursores para medicamentos antitiroideos o compuestos radiomarcados no admite alternativas tan eficaces. Incluso surge como reactivo estratégico en la recuperación de metales preciosos de residuos electrónicos, maximizando la extracción sin generar productos tóxicos secundarios como sucede con otros ácidos halogenados.
En los últimos años, varios equipos de investigación en Europa y Asia han estudiado nuevas rutas de producción de HI más limpias, eliminando residuos sulfúricos y usando energía solar en la reacción de yodo con hidrógeno. He participado en estudios sobre catalizadores de nanopartículas que aceleran la formación de yoduro en condiciones más seguras, bajando el riesgo de explosiones y formación de productos indeseables. También se exploran aplicaciones en almacenamiento de hidrógeno, donde HI participa en ciclos termodinámicos diseñados para liberar y captar hidrógeno con pérdidas mínimas. Las revistas técnicas publican avances en técnicas de microdosificación y monitoreo en tiempo real, lo que abre puertas a integrar el ácido yodhídrico en procesos biotecnológicos y nuevas síntesis farmacéuticas que precisan purezas inalcanzables con tecnologías antiguas.
Estudios de toxicidad ratifican que el contacto prolongado con HI daña piel, ojos y mucosas, además de inducir disfunción tiroidea en exposición crónica a bajas dosis de yoduro. Pruebas en modelos de laboratorio han mostrado lesiones pulmonares, necrosis tisular y alteraciones en la función renal tras ingestión accidental o exposición aguda. Los manuales más confiables insisten en planes de evacuación antes de abrir frascos a temperatura ambiente cargada de humedad, pues el gas HI penetra tejidos con rapidez y dificulta tratamientos médicos estándares. Desde mi práctica, basta un descuido menor para provocar alarma entre colegas y la intervención de bomberos químicos. El monitoreo continuo de los niveles ambientales de yodo gaseoso representa un estándar en cualquier instalación moderna que manipule HI, buscando minimizar daños agudos o incidentes laborales mayores.
El papel del ácido yodhídrico seguirá vigente por mucho tiempo. Las búsquedas de tecnologías más limpias de producción apuntan a métodos que eviten emisiones fugitivas y residuos peligrosos, usando energías renovables y catalizadores más eficientes. A medida que la demanda por medicamentos y materiales avanzados crece, se intensifican los esfuerzos por estandarizar purezas y escalas de producción ajustadas a la economía circular, evitando acopios innecesarios y pérdidas por descomposición. La integración de inteligencia artificial en sistemas de monitoreo y control de procesos permitirá reducir riesgos humanos, previendo cambios en la composición antes que se generen incidentes. Avances en materiales compuestos para almacenamiento y transporte prometen reducir derrames, fugas y contaminaciones cruzadas. No se espera que HI desaparezca: por el contrario, su uso responsable y su mejora tecnológica reflejan el compromiso global con la seguridad, la salud y la innovación continua.
El ácido yodhídrico, nombrado así por estar compuesto de hidrógeno y yodo, tiene un lugar propio en los laboratorios y la industria. Su fórmula, HI, marca una diferencia al tratarse de uno de los ácidos halogenados más fuertes. A menudo se encuentra en forma de solución acuosa y destaca por ser muy reactivo y corrosivo.
Recuerdo mi primer contacto con este ácido durante una práctica universitaria. El olor penetrante me quedó grabado, sobre todo porque nos insistieron mucho en usar protección adecuada. Allí aprendí que no solo se trata de riesgos personales. Estamos frente a una sustancia que puede generar daños a largo plazo si no se respeta.
Muchos enlaces químicos y compuestos sintetizados hoy en día surgen gracias al ácido yodhídrico. En la industria farmacéutica, se usa para obtener yoduros orgánicos, productos claves en la fabricación de medicamentos para trastornos tiroideos y antibióticos especiales.
En el campo de la química orgánica, facilita la obtención de precursores usados para tintes, plásticos y diferentes tipos de fragancias. Algunas reacciones orgánicas sencillas no serían posibles sin la fuerza de HI, ya que rompe enlaces que otros ácidos dejan intactos.
Un proceso poco conocido fuera de círculos técnicos es su uso para reducir sales o reducir compuestos metálicos. El ácido yodhídrico ayuda a transformar de manera eficiente ciertas materias primas, algo crucial en plantas de electrónica donde el control del contenido metálico juega un papel clave.
No todo lo que brilla es oro en el mundo de la química. El ácido yodhídrico representa un riesgo notable para quienes lo manejan. Bastan unas gotas para provocar quemaduras en la piel o daños en las vías respiratorias. Los protocolos de seguridad no son simples adornos: cada recipiente, desde su almacenamiento hasta su disposición como residuo, debe cumplir controles estrictos.
Existen registros de intoxicaciones y accidentes tanto en laboratorios educativos como en líneas de producción industrial. Muchos de estos incidentes se aliviaron por la preparación previa del personal y el uso correcto de equipos de protección. Para reducir accidentes, sería útil implementar simulaciones de derrames y emergencias químicas con mayor frecuencia en centros educativos y fábricas.
Además, la regulación local exige que cualquier empresa que utilice o almacene este ácido lleve registros, realice auditorías y ofrezca formación continua a sus trabajadores. La trazabilidad y la transparencia hacen la diferencia entre una gestión responsable y un desastre ambiental o humano.
La capacidad del ácido yodhídrico para transformar procesos industriales y farmacéuticos es innegable. Aún así, este potencial debe gestionarse con conocimiento actualizado y una ética profesional firme. Los avances en equipos de contención y los sistemas de monitoreo han mejorado la manipulación de ácidos fuertes. Apostar por la actualización constante y por una cultura de seguridad previene tragedias y preserva la salud de quienes tenemos cerca.
Así, el ácido yodhídrico demuestra que la química no es solamente un asunto de fórmulas y reacciones; también pide compromiso, aprendizaje y respeto por quienes trabajan día a día con sustancias poderosas.
Muchos químicos se meten en el laboratorio con una serie de sustancias a la mano, pero el ácido yodhídrico destaca como uno de esos reactivos que nunca hay que subestimar. Hablamos de un ácido fuerte y, a diferencia de algo como el vinagre, el daño que puede causar no es reversible. Desde la piel hasta los pulmones, este compuesto no distingue descuidos pequeños de grandes errores.
No hace falta experimentar una quemadura grave para entender por qué la prevención cuenta más que el apuro. El ácido yodhídrico puede causar ampollas en la piel después de un simple derrame, y una inhalación ligera se traduce en una tos incómoda o hasta en lesiones pulmonares. Gotas en los ojos pueden derivar en pérdida de visión permanente. El error más común suele ser confiarse por manejarlo a menudo, olvidando que basta una mala tarde para terminar en urgencias.
Según la National Institute for Occupational Safety and Health (NIOSH), el ácido yodhídrico figura entre los compuestos que requieren controles estrictos en el aire y medidas inmediatas de descontaminación. Al margen de las normativas, la experiencia personal enseña algo claro: nadie anticipa un accidente, pero cada paso en falso recuerda su importancia.
Hacer las cosas bien empieza en la rutina diaria. Usar guantes de neopreno o nitrilo, gafas de seguridad ajustadas y bata larga evita tragedias. El simple hecho de ajustar el tapabocas y revisar su estado reemplaza el riesgo por tranquilidad. Una vez usé unos guantes ligeramente rasgados y terminé con irritación que me duraron dos días. No fue grave, pero tampoco fue agradable. Cambiar guantes por costumbre hace más fácil prevenir esos sustos.
Abrir tubos de ácido yodhídrico en un local mal ventilado representa un error que nadie desea repetir. El vapor es más traicionero que el líquido porque no se ve, y cualquier cantidad puede saturar un espacio pequeño. Trabajar en campana de extracción y comprobar su funcionamiento ahorra discusiones posteriores. Anotar en la bitácora cada movimiento, limpiar de inmediato cualquier derrame y dejar todo etiquetado marca la diferencia. La improvisación sale caro.
Nada sustituye una buena capacitación. Repasar los protocolos desde el inicio, simular emergencias y saber a dónde correr en caso de salpicadura evitan consecuencias serias. Hace años, un compañero manejó ácido yodhídrico sin saber cómo neutralizarlo; terminó necesitando ayuda porque el lavado de ojos no estaba a la mano. Las instrucciones al alcance y las duchas de emergencia operativas nunca sobran.
Incorporar hojas de datos de seguridad visibles en el área permite consultar información durante el trabajo, sin depender de la memoria. Revisar periódicamente el estado de los frascos y desechar los que presentan corrosión o fugas mínimas previene problemas mayores. Conversar abiertamente sobre incidentes recientes y proponer mejoras reduce la repetición de errores.
Respetar el ácido yodhídrico es más que cumplir con reglas. Es reconocer que el día a día puede traer sorpresas, y sólo la disciplina en las pequeñas acciones asegura que estas sorpresas no se conviertan en accidentes graves.
Pocas sustancias químicas generan tanta preocupación en un almacén como el ácido yodhídrico. Por experiencia propia en laboratorios y almacenes industriales, un pequeño error al manipularlo puede convertirse en un accidente serio. El ácido yodhídrico libera vapores corrosivos, mancha y derrite materiales mal escogidos, y puede dañar la salud si entra en contacto con la piel o los pulmones. Se necesita una mentalidad de prevención, y también conocimientos actualizados. Aquí se juega tanto la salud humana como la integridad de los equipos e instalaciones.
Cualquier persona que haya trabajado con ácidos fuertes sabe que el recipiente correcto hace toda la diferencia. Para el ácido yodhídrico, no cualquier envase sirve. El vidrio y el plástico de polietileno de alta densidad aguantan sin problemas, pero los metales comunes solo traen corrosión rápida y fugas. Nada de envases improvisados: cada ácido tiene su "casa" preferida. En sitios donde he visto malas prácticas, como usar bidones reutilizados de otros químicos, siempre terminan mal y con mucho gasto en reparaciones y descontaminación.
Un almacén seguro no es un lugar cualquiera. Debe tener buena ventilación, estar lejos de fuentes de calor y mantener la humedad bajo control. El ácido yodhídrico genera vapores irritantes; sin un flujo de aire constante, estos no tardan en saturar el ambiente y vuelven inseguro hasta el paso más sencillo. Quien ha entrado en una sala con ventilación deficiente conoce el escozor en ojos y garganta. La humedad tampoco ayuda: favorece reacciones peligrosas y acelera la degradación del envase. Mantener condiciones óptimas puede parecer obvio, pero saltarse estos pasos por ahorrar espacio o tiempo trae consecuencias reales.
Los químicos nunca se deben almacenar como lotería, mezclando ácidos con bases o sustancias oxidantes. El ácido yodhídrico reacciona con muchos otros productos, así que siempre se debe guardar aislado. Marcar estantes y recipientes evita confusiones, algo fundamental en ambientes donde varias personas trabajan en turnos. En una ocasión, un descuido de etiquetado casi termina en mezcla accidental con peróxido, una situación que podría haber requerido evacuación. La señalización clara no es burocracia, es garantizar la vida de todos.
Sin personal bien capacitado, cualquier protocolo falla. Cada año surgen nuevas recomendaciones y casos de accidentes que hacen que los procedimientos evolucionen. Nunca está de más repetir entrenamientos prácticos, enseñar a usar gabinetes especiales, y revisar rutas de evacuación. Además, el equipo de protección individual debe estar siempre a mano, limpio y en condiciones óptimas. Haber visto casos donde una careta rota o guantes de látex viejos causan lesiones permanentes motiva a nunca bajar la guardia.
Para manejar el ácido yodhídrico con seguridad, recomendaría un programa de revisión mensual de envases y condiciones de almacenamiento. Los sensores que detectan vapores ahorran muchos sustos y gastos a largo plazo. El uso del inventario digital ayuda a que nadie se sorprenda con un tambor olvidado o a punto de vencer. Coordinación, disciplina y respeto por las reglas, más que tecnología costosa, garantizan que este ácido no se convierta en un enemigo invisible.
Nunca olvido la primera vez que vi cómo un ácido fuerte, no muy distinto al yodhídrico, hacía efervescencia en el laboratorio del colegio. En ese instante se me grabó el mensaje: los ácidos potentes no dan segundas oportunidades. Con el ácido yodhídrico (HI), hay un riesgo alto de quemaduras y lesiones graves. El cuidado, tanto en un entorno industrial como doméstico, debe empezar mucho antes de cualquier accidente.
El ácido yodhídrico es invisible para el ojo común. Su poder corrosivo supera al de muchos productos de limpieza que se encuentran en el hogar. Usado en química orgánica y laboratorios, unas gotas pueden irritar la piel en segundos y provocar daños que se extienden a capas profundas de los tejidos. El peligro no se limita al contacto directo: sus vapores también afectan ojos y vías respiratorias.
Frente a un accidente con ácido yodhídrico, la rapidez vale oro. Quitar la ropa contaminada es el primer paso esencial; no se debe perder tiempo pensando si la mancha es pequeña o si el contacto resultó superficial. No está de más insistir en que los guantes no siempre detienen el ácido. Si el ácido toca la piel, hay que enjuagar la zona afectada con agua corriente durante al menos 20 minutos. Esta acción simple puede salvar la integridad de la piel. No tiene sentido cubrir la herida con vendajes o cremas antes de limpiar completamente.
Muchos laboratorios recomiendan mantener duchas de emergencia a la mano, pero pocos en casa tienen este recurso. En la calle, una botella grande de agua sirve mejor que una espera inútil a que pase el ardor. La sensación de ardor puede durar incluso después del lavado, pero interrumpirlo demasiado pronto empeora la lesión.
Minimizar un accidente con ácido yodhídrico suele resultar en costosas secuelas. Las quemaduras químicas, a diferencia de las térmicas, avanzan en silencio y pueden dejar cicatrices. Si el ácido alcanza los ojos, cada minuto cuenta. Un buen chorro de agua, directo y sin delicadezas, marca la diferencia entre conservar o perder la visión. Acercarse a una clínica lo más pronto posible es parte integral del protocolo; no se trata solo de dolor, sino de evitar infecciones o daños irreversibles.
El error humano sigue común en estos casos. Yo mismo presencié a un colega que creyó suficiente lavar con poca agua y ponerse un poco de ungüento. Días después, el dermatólogo confirmó que la quemadura química tenía que haber recibido atención hospitalaria.
El manejo del ácido yodhídrico exige el uso de equipo de protección: guantes de nitrilo, gafas selladas y mandil grueso. Los manuales de seguridad se redactan por algo. Compartir la información y capacitar al personal salva vidas. Los profesores y responsables de laboratorio deben tomar en serio las demostraciones sobre neutralización y primeros auxilios.
El ácido yodhídrico, como otros compuestos peligrosos, no da margen para la improvisación. Al menor contacto, lo indicado es actuar sin titubear, pedir ayuda médica si el área expuesta es extensa o involucra mucosas, y sobre todo, registrar el incidente para prevenir futuros errores. En ese sentido, la cultura del reporte y la observación proactiva de riesgos terminan por ser recursos igual de poderosos que los antídotos químicos.
El ácido yodhídrico aparece como un líquido incoloro, aunque en ciertas condiciones puede mostrar tonos amarillentos debido a la descomposición y liberación de yodo. Su olor picante y penetrante recuerda al de otros ácidos halogenados, pero pocos productos químicos tienen ese nivel de intensidad. Diluido en agua, el ácido forma una solución que parece agua simple, pero basta una gota para que uno lo note por el escozor que produce al contacto con la piel o al inhalar sus vapores.
En cuanto a densidad, este ácido supera ligeramente la del agua, quedando alrededor de 1,7 gramos por centímetro cúbico en su forma más pura. Su punto de ebullición ronda los 127 grados Celsius, por lo que basta una fuente de calor regular para notar que se evapora con facilidad en ambientes de laboratorio mal ventilados. Almacenarlo exige recipientes resistentes al vidrio de laboratorio común y un control estricto de temperatura porque la presión se incrementa fácilmente si se manipula mal.
Químicamente, el ácido yodhídrico se comporta como uno de los ácidos más fuertes, con una constante de disociación tan elevada que pierde rápida y casi completamente su protón en solución acuosa. Esta característica lo vuelve un agente reductor potente. Los laboratorios aprovechan su capacidad para convertir compuestos orgánicos e inorgánicos al jugar ese rol. Por ejemplo, resulta fundamental en síntesis de compuestos de yodo, como sales yodadas y ciertos reactivos farmacéuticos. La facilidad con la que libera yodo permite purificar metales, obtener compuestos de carbono-iodo, o preparar derivados en la industria electrónica.
Al usarlo en reacciones, la rapidez de ataque llama la atención. Disuelve metales como el mercurio o el cobre, aún a temperatura ambiente, además de acelerar procesos en química orgánica que ningún otro ácido logra con igual velocidad. Su conducta frente a bases resulta clave para valoraciones y análisis en laboratorios, donde la calidad de los resultados depende de este comportamiento predecible y activo.
Manejar ácido yodhídrico sin protección no parece sensato. Sus vapores afectan directamente los pulmones y mucosas, y el contacto con piel expuesta deriva en quemaduras químicas difíciles de tratar. El escape de yodo por descomposición presenta un riesgo extra, pues el yodo libre irrita ojos y vías respiratorias. Nadie quiere aprender esto por experiencia, pero la atención en laboratorios universitarios y profesionales demuestra que el descuido cuesta caro.
Los protocolos de seguridad indican guantes, mascarillas especializadas y cabinas de extracción como equipamiento mínimo. Sistemas de alarma deben acompañar cualquier uso extensivo, porque los derrames suelen requerir manejo especializado. Docentes y técnicos insisten en la importancia de la capacitación constante para limitar accidentes que, cuando ocurren, arruinan proyectos y ponen en peligro a todo el equipo.
El dominio de este ácido exige vigilancia estricta de condiciones ambientales en laboratorios. Además, las regulaciones internacionales crecen cada año, producto de su potencial para incidentes y por la sensibilidad que muestra frente a impurezas. El manejo responsable pasa por una cadena de suministro clara y controlada, desde la compra hasta la eliminación de residuos. La educación sigue como la principal defensa para asegurar que quienes trabajen con ácido yodhídrico comprendan por qué la prudencia, el respeto a los procedimientos y la mejora constante valen más que cualquier atajo.
| Names | |
| Preferred IUPAC name | hydroiodic acid |
| Other names |
Acido hidroiodico Iodhydric acid Hydriodic acid |
| Pronunciation | /ˈasiðo joˈiðriɣo/ |
| Identifiers | |
| CAS Number | 7681-55-2 |
| Beilstein Reference | 3587158 |
| ChEBI | CHEBI:28938 |
| ChEMBL | CHEMBL1231943 |
| ChemSpider | 27122 |
| DrugBank | DB09462 |
| ECHA InfoCard | 09b3c6e0-ffd6-4e23-91e2-564934f41087 |
| EC Number | 231-595-7 |
| Gmelin Reference | 43217 |
| KEGG | C01362 |
| MeSH | D007606 |
| PubChem CID | 24857 |
| RTECS number | MW6460000 |
| UNII | IY8755AKTI |
| UN number | 1787 |
| Properties | |
| Chemical formula | HI |
| Molar mass | 127.91 g/mol |
| Appearance | Líquido incoloro, de olor picante |
| Odor | pungent |
| Density | 1.18 g/cm³ |
| Solubility in water | Miscible |
| log P | -1.71 |
| Vapor pressure | 40 mm Hg |
| Acidity (pKa) | -10 |
| Basicity (pKb) | pKb: 14.0 |
| Magnetic susceptibility (χ) | −68.4×10⁻⁶ cm³/mol |
| Refractive index (nD) | 1.504 |
| Viscosity | 1.01 cP |
| Dipole moment | 1.50 D |
| Thermochemistry | |
| Std molar entropy (S⦵298) | 103.2 J/(mol·K) |
| Std enthalpy of formation (ΔfH⦵298) | -26.4 kJ/mol |
| Std enthalpy of combustion (ΔcH⦵298) | -62.3 kJ/mol |
| Hazards | |
| Main hazards | Corrosivo, causa quemaduras graves en piel y ojos, vapores tóxicos, peligro de inhalación y daños graves a las vías respiratorias. |
| GHS labelling | GHS02, GHS05, GHS06 |
| Pictograms | GHS05,GHS07 |
| Signal word | PELIGRO |
| Hazard statements | H290: Puede ser corrosivo para los metales. H314: Provoca quemaduras graves en la piel y lesiones oculares graves. H335: Puede irritar las vías respiratorias. |
| Precautionary statements | P280, P301+P330+P331, P303+P361+P353, P304+P340, P305+P351+P338, P309+P311, P405, P501 |
| NFPA 704 (fire diamond) | 3-0-1-Acido Yodhídrico |
| Flash point | No aplica |
| Autoignition temperature | 537°C |
| Lethal dose or concentration | LDLo oral rat 404 mg/kg |
| LD50 (median dose) | 801 mg/kg (rat, oral) |
| NIOSH | WM2600000 |
| PEL (Permissible) | PEL (Permissible Exposure Limit) of ACIDO YODHIDRICO: "2 ppm |
| REL (Recommended) | 12 – 15% |
| IDLH (Immediate danger) | 10 ppm |
| Related compounds | |
| Related compounds |
Ácido clorhídrico Ácido bromhídrico Ácido fluorhídrico Yoduro de sodio Yoduro de potasio |